jueves, septiembre 24, 2026
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El geriátrico como último recurso

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Vivir en una residencia ya no es la primera respuesta frente al envejecimiento; pero tampoco debería convertirse en una decisión tomada demasiado tarde

Durante mucho tiempo, el geriátrico fue pensado como destino. La persona envejecía, perdía autonomía, la familia ya no podía hacerse cargo y aparecía la institución como respuesta.

Hace una década, la permanencia promedio de una persona mayor en una institución podía extenderse durante ocho o diez años. Hoy, en muchos casos, ese tiempo se redujo considerablemente: dos años.

El dato no habla solamente de una modificación en los tiempos de permanencia. Habla de un cambio mucho más profundo: también cambió la manera de pensar dónde y cómo debe vivir una persona mayor cuando necesita cuidados.

La casa puede ser parte de la solución

Envejecer en casa puede ofrecer algo difícil de reemplazar: continuidad vital.

Los espacios conocidos, los objetos de todos los días, el barrio, los vecinos, los recuerdos y los vínculos forman parte de la identidad de una persona.

Por eso, cuando es posible sostener una vida segura en el hogar, permanecer allí puede ser una buena alternativa.

Sin embargo, para que eso suceda, muchas veces hacen falta apoyos.

Una adaptación de la vivienda. Una persona que ayude algunas horas. Asistencia para determinadas actividades. Acompañamiento para las consultas médicas. Tecnología que facilite la comunicación o permita pedir ayuda.

La clave no es simplemente “quedarse en casa”. Es contar con las condiciones necesarias para que esa permanencia sea segura, digna y elegida.

La pregunta, entonces, no debería ser “¿geriátrico sí o no?”. Debería ser “¿cuál es hoy el lugar que mejor permite que esta persona viva con seguridad, bienestar y autonomía?”.

La respuesta puede ser su casa. Puede ser la casa con apoyos. Y, en determinados momentos, puede ser una residencia. Porque también convertir la permanencia en el hogar en un objetivo absoluto puede ser un riesgo en situaciones donde los apoyos disponibles ya no alcanzan.

Cuando las necesidades de una persona aumentan, la familia no puede sostener el nivel de asistencia requerido o la vivienda deja de ofrecer condiciones adecuadas de seguridad y bienestar, una residencia puede convertirse en la mejor alternativa.

Una residencia no debería parecer un hospital

Una persona no deja de ser quien es cuando atraviesa la puerta de una residencia.

Por eso, el cambio de paradigma también tiene que alcanzar a las instituciones.

Los nuevos modelos buscan alejarse de la lógica hospitalaria: menos rigidez, más vida cotidiana; menos uniformidad, más personalización; menos decisiones tomadas desde afuera, más participación de la persona.

En Centro Hirsch, por ejemplo, están avanzando en la implementación de un plan que busca reducir el uso de uniformes en los espacios residenciales para evitar que el ambiente reproduzca la imagen de un hospital y favorecer una experiencia más cercana a la de un hogar.

No se trata de disfrazar una institución de casa. Se trata de entender que el lugar donde una persona recibe cuidados también forma parte de la calidad de esos cuidados.

La decisión no debería llegar al límite

Una de las dificultades más frecuentes es esperar demasiado para hablar de estas alternativas.

Mientras todos pueden sostener la situación, parece que no hay nada que decidir. Hasta que aparece una crisis: una caída, una internación, un agotamiento familiar o una pérdida importante de autonomía.

Entonces ya no se elige. Se resuelve.

Anticiparse permite otra cosa. Permite conocer alternativas, adaptar la vivienda, incorporar apoyos, evaluar una residencia o simplemente conversar sobre qué quiere la persona para su futuro.

Porque pensar con anticipación dónde y cómo queremos ser cuidados no significa resignarse a envejecer. Significa seguir tomando decisiones sobre nuestra propia vida.

El desafío no es solamente vivir más. Es construir las condiciones para que esos años puedan transcurrir con la mayor autonomía, dignidad y calidad de vida posibles.

Marcelo Rohr | Cirujano | Magíster en Economía de la Salud | Director del Centro Hirsch