A medida que vivimos más años, también necesitamos repensar qué significa cuidar. Ayudar a una persona no debería significar decidir por ella
Hay una escena cotidiana que puede pasar inadvertida.
Una persona mayor necesita una baranda para subir las escaleras. Alguien de su familia empieza a llamarla todos los días. Otra persona la ayuda con la limpieza de la casa. En algún momento puede necesitar asistencia para bañarse, vestirse o trasladarse.
Todas esas situaciones tienen algo en común: a medida que envejecemos, necesitamos ayuda.
Pero ‘necesitar ayuda’ no significa necesariamente ‘estar enfermo’. Y tampoco significa haber perdido la autonomía.
Durante mucho tiempo confundimos esas cosas.
Apoyo, cuidado y asistencia no son lo mismo
Una baranda en un baño es un apoyo.
Una llamada diaria puede ser una forma de acompañamiento.
La ayuda para realizar una actividad que se volvió difícil es cuidado.
La atención de un profesional frente a una enfermedad es asistencia médica.
Son respuestas diferentes frente a necesidades diferentes.
El problema aparece cuando se confunden, y una persona comienza a ser tratada como alguien incapaz simplemente porque necesita ayuda.
La dependencia no aparece de un día para el otro ni es un todo o nada.
No existen personas completamente independientes frente a la vida. Existen personas que dependen menos de otras y personas que, en determinados momentos, necesitan más ayuda.
Ser asistido sin ser anulado
Una de las grandes transformaciones que plantea el envejecimiento actual es pasar de un modelo centrado en hacer cosas por la persona a otro que permita hacer cosas con ella.
Parece una diferencia pequeña, pero cambia todo.
No es lo mismo decidir qué va a comer una persona porque “ya no puede elegir”, que preguntarle qué quiere comer y ayudarla a hacerlo posible.
No es lo mismo organizarle el día sin consultarla, que brindarle los apoyos que necesita para seguir tomando sus propias decisiones.
No es lo mismo protegerla de todo riesgo que ayudarla a asumir aquellos riesgos que todavía puede manejar.
La autonomía no desaparece simplemente porque aumente la necesidad de asistencia. Puede transformarse.

Una nueva manera de pensar el cuidado
El desafío consiste en desarrollar lo que podríamos llamar autonomía asistida: brindar los apoyos necesarios sin reemplazar innecesariamente las capacidades que la persona conserva.
Esto requiere mirar a la persona antes que a su dificultad.
Preguntarnos qué puede hacer, qué quiere seguir haciendo, qué necesita para hacerlo y en qué cosas realmente necesita que otro intervenga.
Aunque parece sencillo, no siempre lo es. Porque cuidar también implica saber cuándo ayudar y cuándo correrse.
A veces, por amor, por miedo o por comodidad, hacemos demasiado por el otro. Y en ese exceso de ayuda podemos terminar quitándole aquello que justamente queríamos proteger: su capacidad de decidir.
Envejecer no debería significar dejar de elegir
La prolongación de la vida nos enfrenta a una oportunidad que no existía de la misma manera para las generaciones anteriores: tenemos más años para vivir.
La pregunta es cómo queremos transitarlos.
No se trata de negar la vulnerabilidad ni de pretender que podemos mantener una independencia absoluta hasta el final. La vulnerabilidad forma parte de la vida y puede aparecer en cualquier etapa.
Se trata de entender que necesitar a otros no nos convierte en objetos de cuidado. Seguimos siendo personas con preferencias, deseos, historias, vínculos y capacidad de decidir.
Quizás el verdadero cambio de paradigma del cuidado no consista en lograr que nadie necesite ayuda, sino en conseguir que, cuando la necesitemos, podamos seguir siendo protagonistas de nuestra propia vida.
Marcelo Rohr | Cirujano | Magíster en Economía de la Salud | Director del Centro Hirsch







