En un emotivo video, Alberto habla de quien fuera su principal maestro en la vida y un gran amigo
Mi viejo fue mi mejor amigo. Mi compinche. Siempre conté con él y él siempre contó conmigo. Y los dos lo sabíamos.
Tuve la dicha de tenerlo 68 años. Nos tuvimos 68 años.
No sé cuánto pude aprender de lo que él fue… Permanentemente me daba consejos. Me decía desde chico y hasta su último día… «Comé y abrigate bien». «¡No trabajes tanto!». «¡No viajes más solo!».
Nos vimos casi todos los días de nuestra vida.
Tuve la dicha de trabajar con él durante sus últimos treinta años. A veces no era mucho el tiempo, pero estábamos juntos un rato.
«Viejo, ¿nos vamos a Cariló?»… Los últimos años, además, lo disfruté en los veraneos y los viajes. Los hicimos siempre juntos.

Aunque él no aprobaba todo lo que yo hacía, me aceptaba tal cual era.
Mi viejo fue…
Sabio. Fue el primero que, con otras palabras, me transmitió de chico la Oración de la Serenidad.
Artesano. Hacía cualquier cosa con madera. Y además me arreglaba todo lo que le pedía o realizaba lo que a mí se me ocurría. “Papá, ¿me hacés una mesa?”, “necesito una biblioteca así y asá”, “una silla”, lo que fuera. “¿Me arreglás esto que se rompió?”. “¿Me hacés un espejo que haga la imagen más grande o más chica?”. Construyó para mí varias cajas de todo tipo y a veces con combinaciones secretas. Las últimas, con su fecha, están todas a mi alrededor. A veces me decían “¿no te das cuenta la edad que tiene tu viejo para pedirle todas esas cosas?”… No, no me daba cuenta y él no me lo hacía sentir.
Músico. Tocaba casi todos los instrumentos, salvo los de viento. De oído. Estaba por operarse de una mano porque tenía molestias para tocar la guitarra, su gran compañera. Fue guitarrero y daba serenatas. ¡Hasta llegó a construir guitarras eléctricas sin que nadie le enseñe nada! Tenían sonidos maravillosos. Un verdadero lutier autodidacta.
Discreto. Jamás salió de su boca algo innecesario.
Sereno. Querible.
Curioso. Para su 95° cumpleaños pidió un diccionario.
Actualizado. Para su última Navidad quiso comprarse él mismo una laptop para usarla en distintos lugares de la casa. Se la regaló la familia. Y estaba tomando clases para manejarla mejor. Quizá quería compensar lo que me había comentado muchas veces: no haber terminado estudios en su adolescencia.
Aplicado. Hacía la dieta que habíamos convenido y tenía una entrenadora personal para salir a caminar diariamente. Nunca supe cuánto era por él y cuánto por darme el gusto a mí.
Pulcro y elegante. Su casa era un tesoro y su presencia fue siempre cuidadosa hasta el detalle.
Agradecido. “¿Por qué hacés esto conmigo?”. Creo que nunca supo todo lo que me dio.
Educado. Me enseñó a pedir por favor, a decir “disculpame” y a dar las gracias.
Divertido. Con sentido del humor. Era con quien yo más bromeaba.
Práctico. De él aprendí a pensar más en las soluciones que en los problemas.
Explorador. Siempre me dejó tener mascotas, pero él decidió a los 95 que ya era momento de tener SU perro. ¡Y se enamoró de Falucho!

Aunque lo disfruté hasta sus 95 años, lo extraño todos los días.
Si vos lo tenés, cuidalo. Si no, recordalo con todo el afecto posible.
Y si algunas cosas no las hizo como esperabas, pensá que seguramente vos como padre o madre tampoco harás todo lo que tus hijos esperen… pero uno hace, en cada momento de la vida, lo mejor que puede.
¡Feliz día del padre!







