Cuando los años avanzan y se pierde la autonomía, surge una pregunta dolorosa pero necesaria en las familias: ¿cuándo y cómo debemos intervenir en la vida de nuestros padres para garantizar su seguridad? Reconocer las señales de alerta a tiempo y adaptar el entorno puede evitar accidentes graves, sin necesidad de avasallar su identidad.
Recuerdo que mi madre, que era enfermera, trabajó 30 años conmigo; un día tuve que decirle: «vieja, no podés seguir haciendo lo que estás haciendo», y fue un dolor tremendo. Este recuerdo vuelve a mi mente a partir de una excelente nota de la periodista Evangelina Himitian, que plantea un dilema fundamental al que todos nos enfrentamos: ¿intervenir o no ante la pérdida de autonomía de nuestros padres mayores?
El proceso de deterioro no ocurre de un día para el otro. Suele comenzar con fallas en actividades instrumentales, por lo que debemos estar atentos a ciertas señales de alerta: una canilla o la ducha que quedaron abiertas, el gas encendido, o episodios donde se pierden. Las señales más graves de fragilización se hacen evidentes cuando aparecen dificultades con la alimentación, la higiene personal, sus desplazamientos, el manejo del dinero o la correcta toma de su medicación.
Para prolongar la permanencia de los padres en su propia vivienda, se recomienda hacer un diagnóstico domiciliario y adaptar el hogar. Esto puede implicar desde quitar alfombras e instalar sensores de movimiento, hasta incorporar tecnología de asistencia, como enseñarles a llevar el celular encima, usar relojes inteligentes por si sufren una caída o colocar cámaras de seguridad. En esta etapa es vital el apoyo de especialistas como geriatras, terapeutas ocupacionales o asistentes gerontológicos. Además, si ambos padres viven juntos, hay que prestar especial atención, ya que el que asume el rol de cuidador suele agotarse mucho más rápido.
Hoy en día, un adulto mayor puede vivir más de 10 años en esta condición, lo que significa que el cuidado no es un compromiso a corto plazo. Muchas veces, esta etapa coincide con la crianza de los propios hijos, obligando a las familias a armar una sólida red de contención, buscar cuidadores o recurrir a centros de día. La institucionalización (el traslado a un hogar) debe considerarse como un último recurso, reservado para cuadros de demencia avanzada o dependencia total.
El objetivo de intervenir no es ganar una discusión con papá o mamá, sino evitar esa llamada que nadie quiere recibir y hacernos cargo antes de que el riesgo decida por nosotros. Ante la duda, la gran pregunta que debemos hacernos no es cuánto cuesta meterse, sino: ¿cuánto cuesta no meterse?
Fuentes:
• Diario La Nación: «¿Intervenir o no? El dilema ante la pérdida de autonomía de los padres mayores» por Evangelina Jimitián (23 de febrero de 2026).
• Columna radial / Microespacio de salud del programa «Alguien tiene que decirlo», Radio Mitre 23/2/2026.







