La sed es el principal mecanismo del cuerpo para regular la hidratación, pero beber agua aun sin esa señal no siempre es un error. En personas sanas suele ser seguro, aunque el exceso en poco tiempo puede provocar desequilibrios como la hiponatremia, advierten especialistas.
La sed funciona como una alarma biológica: aparece cuando el organismo necesita líquidos y permite mantener el equilibrio interno. Beber agua sin sentir sed, en líneas generales, no genera problemas en personas sanas, siempre que no se haga de manera exagerada ni en grandes volúmenes en poco tiempo.
El riesgo aparece con la sobrehidratación, una situación poco frecuente pero posible, que puede derivar en hiponatremia, es decir, niveles bajos de sodio en sangre. Esto ocurre cuando ingresa mucha agua sin reponer las sales minerales que se pierden, especialmente a través del sudor. Los síntomas pueden incluir dolor de cabeza, náuseas, vómitos y, en casos extremos, convulsiones y compromiso neurológico, según describen publicaciones médicas especializadas.
Existen contextos en los que no conviene esperar a tener sed: durante la actividad física intensa, en climas calurosos y en grupos como personas mayores, niños, embarazadas y mujeres en período de lactancia, donde el mecanismo de la sed puede ser menos confiable o insuficiente para cubrir las necesidades reales.
La conocida regla de los “dos litros por día” sirve como orientación general, pero no aplica igual para todas las personas. El requerimiento hídrico depende del peso, la actividad física, la alimentación y el ambiente. Además, no toda el agua proviene de las bebidas: frutas y verduras también aportan líquidos y cuentan para cubrir las necesidades diarias.
La clave, coinciden los expertos, es escuchar al cuerpo, hidratarse de manera regular en situaciones de mayor demanda y evitar tanto la deshidratación como el exceso.
Fuentes:
TN Salud; National Center for Biotechnology Information (NCBI); International Journal of Pharmaceutical and Phytopharmacological Research.







