Lejos de recuperar energía, el descanso pasivo absoluto puede generar más cansancio físico y mental. Estudios publicados en Frontiers in Psychology muestran que la inactividad prolongada altera funciones clave del organismo, mientras que el descanso activo favorece el bienestar y una recuperación real.
Para muchas personas, vacaciones es sinónimo de no moverse. Sin embargo, la evidencia científica advierte que “no hacer nada” durante varios días seguidos puede resultar más agotador que reparador. Investigaciones difundidas en Frontiers in Psychology explican que la inactividad prolongada impacta negativamente en el metabolismo, enlentece la circulación, rigidiza los músculos, desordena el sueño y reduce el ánimo general.
Cuando el cuerpo deja de moverse, disminuye el uso eficiente de la energía y se altera el equilibrio entre descanso y activación. Esto favorece la sensación de pesadez, el cansancio persistente y la dificultad para retomar la rutina. En contraste, el llamado descanso activo —caminar, nadar suave, estirarse o realizar actividad física leve o moderada— mejora la oxigenación cerebral, estimula la liberación de endorfinas y ayuda a desconectar del estrés laboral acumulado.
Otros estudios sobre recuperación física y mental coinciden en que alternar pausas tranquilas con movimiento suave permite una recuperación más efectiva que el reposo pasivo total, incluso en contextos de alto desgaste previo. El resultado: más energía, mejor humor y una vuelta a la actividad cotidiana con mayor vitalidad y menor sensación de agotamiento.
En vacaciones, descansar no implica quedarse quieto todo el día, sino encontrar un equilibrio entre relajación y movimiento que ayude al cuerpo y a la mente a renovarse de verdad.
Frontiers in Psychology; Sonnentag et al., Universidad de Helsinki; Effect of active versus passive recovery on performance-related outcomes, revisión sistemática (ResearchGate); Canal 26, Bienestar y Salud.







