En un mundo marcado por la inmediatez y la hiperconectividad, rescatar las lecciones de vida de las décadas del 60 y 70 —como la paciencia y el ingenio ante la escasez— se vuelve fundamental para combatir la actual «intoxicación digital» y fomentar la salud mental desde la infancia
Las generaciones que crecieron hace unas décadas aprendieron habilidades que hoy parecen estar en desuso. En aquel entonces, la psicología de la vida cotidiana se basaba en observaciones prácticas: el aburrimiento, lejos de ser un problema, funcionaba como un motor indispensable para la creatividad, obligando a las personas a inventar sus propios entretenimientos ante la falta de tecnología. Asimismo, la necesidad de esperar y buscar información manualmente entrenaba facultades esenciales como la paciencia, el autocontrol y la perseverancia.
Otro pilar fundamental de esa época era la autonomía temprana. La posibilidad de moverse con independencia y sin supervisión constante, como asistir a un club desde niños, ayudaba a que las personas se organizaran y se hicieran responsables de sus actos desde temprana edad. En aquel contexto, la escasez despertaba el ingenio y el sentido de comunidad en el barrio brindaba el sostén necesario, sin necesidad de recurrir a profesionales ante cada momento de ocio.
El desafío actual radica en no permitir que la vida, especialmente la de los más jóvenes, gire exclusivamente en torno al dispositivo móvil. Si bien el celular es un gran instrumento, su uso actual se ha transformado para muchos en una verdadera «intoxicación».
La recomendación para padres, tíos y abuelos es clara: no es malo que un niño se aburra; en ese estado es donde encontrará su propia capacidad creadora. Además, resulta vital que los adultos den el ejemplo apagando sus propios dispositivos de vez en cuando.







