¿Mejor solo que mal acompañado?

2418

Qué es la soledad y cómo enfrentarla cuando se vuelve crónica


“El buey solo bien se lame”, dice este refrán que proviene de la Biblia. Allí se usó el rmino ‘yugo’ para identificar al instrumento de madera con dos arcos que se ajustan a la cabeza o el cuello de dos bueyes.

Con esa yunta, se sujeta el dispositivo con una correa para direccionar el arado o el carro y comienza el trabajo forzado de los pobres animales.

Sin embargo, en vez de asociar la soledad del buey a la posibilidad de lamerse estando en libertad y sin el yugo que lo somete, el refrán suele interpretarse como “mejor solo que mal acompañado”.

Si bien es cierto esto último (no trae bienestar compartir la vida con alguien que nos acompaña mal), si la soledad no es transitoria o elegida como momento de introspección y conocimiento de uno mismo, puede convertirse en un factor que enferma.

La sensación de soledad momentánea no es forzosamente perjudicial, ya que puede convertirse en un espacio de reflexión para conocernos a fondo.

Qué es la soledad

La soledad es un sentimiento de aislamiento o desamparo que invade el ánimo de una persona, es o no acompañada, y que llega a generarle angustia y malestar profundo.

Aunque puede ser circunstancial o pasajera, cuando persiste indica incomunicación y carencia de apoyo afectivo.

La sensación principal es de aislamiento. Incluso si se realizan proyectos y se tienen múltiples capacidades intelectuales, artísticas o creativas, la necesidad de comunicación y la incomodidad no desaparecen.

Tanto es así, que muchas personas pueden experimentar soledad incluso estando acompañadas.

Según la Psicología, este malestar se vive cuando no hay comunicación con otras personas o se percibe que las relaciones sociales no son satisfactorias. En consecuencia, la soledad genera sentimientos parecidos a los de la depresión o la ansiedad, pues la persona la transita con nerviosismo, falta de vitalidad, vacío interno y desesperación.

La soledad refleja una red pobre de relaciones sociales y puede presentarse de dos maneras:

1. Emocional: falta de un vínculo profundo con otra persona (amigo, pareja) que genere gusto por la vida y seguridad.

2. Social: falta de la sensación de integrar un grupo con el que compartir intereses y preocupaciones.

La soledad es, además, distinta al aislamiento social, caracterizado por rehuir al trato con los semejantes.

Y aunque cuando la soledad es deseada parece que no hay nada que objetar, el ser humano es social por naturaleza y una red de amigos con la que compartir aficiones, preocupaciones y anhelos es un cimiento casi sustituible para asentar una vida plena y enfrentar las dificultades cotidianas.

De hecho, quienes se acostumbran a vivir en soledad y la disfrazan con actitudes de fortaleza, autosuficiencia, agresividad o timidez, experimentan un equilibrio emocional frágil que puede quebrarse al tener que enfrentar alguna crisis severa y angustiante.

Qué hacer

Ya que la soledad será experimentada por todo ser humano en algún momento de la vida, es posible útil conocer algunos recursos para mejorar el estado anímico:

  • Ser muy sincero y buscar dentro de uno mismo qué tipo de soledad es la que se sufre y a qué circunstancias se debe.
  • Perder el miedo a la introspección y afrontar la necesidad de saber cómo somos: nuestras ilusiones y ambiciones, limitaciones y miedos, además de evaluar honestamente la autoimagen.
  • Tomar la iniciativa para entablar nuevas relaciones; se puede determinar qué personas nos interesan, y luego elaborar una estrategia para contactarlas.
  • Considerar que no hay nada que perder y que el miedo al rechazo es un freno para entablar nuevas amistades o amores.
  • Hacer a un lado la actitud de víctima, seguro hay personas que desean conocer a alguien como nosotros.
  • Evitar encerrarse o aislarse ya que eso puede generarse mayor daño. Es mejor contar con alguien cercano para hablar, compartir y querer.
  • Iniciar o retomar alguna actividad deportiva o artística puede mejorar el estado de ánimo, además de que facilita la convivencia con quienes poseen aficiones similares.

Si a pesar de estos recursos no se tienen fuerzas ni ánimo para afrontar el problema, no hay que dudar en pedir ayuda.

VER TAMBIÉN → Soledad, la epidemia de un mundo hiperconectado