Conocé las razones por las que conviene hacerlo todos los días y tips nutritivos para armar desayunos prácticos y energizantes
El término latín ‘dis-iunare’ (desayuno) significa “romper el ayuno”, y esa es la primera función de esta comida tan importante, pero no la única.
Otras razones por las que desayunar a diario es un hábito saludable incluyen…
- Arrancar el metabolismo. Mientras dormimos a la noche, nuestro metabolismo trabaja más lento y se reactiva con esta primera comida.
- Alimentar el cerebro y los músculos. Así recuperan las reservas de glucosa (azúcares), su principal fuente de energía y por eso mejoran la memoria, la concentración y el estado de ánimo; aumentan la vitalidad, la fuerza y la energía.
Y si querés mantener un peso saludable ayuda a llegar al almuerzo con menos hambre, favorece una mejor elección de los alimentos durante el resto del día y evita el picoteo mañanero.
«YO NO DESAYUNO». A pesar de todos sus beneficios, muchas personas no tienen el hábito de desayunar y la falta de tiempo es la excusa más popular.
Si es tu caso, levantarte 5 minutos antes o dejar preparadas las cosas la noche anterior son las medidas más eficientes.
¿Qué deberías dejar listo? La infusión que bebas (café, té, mate cocido), en la puerta de la heladera la leche descremada, el queso blanco si untás tostadas o el queso magro. El yogur bebible si preferís mezclar en un bol con cereales y frutas frescas en trozos ya cortadas la noche anterior y guardada en un recipiente hermético.
En la mesada: la taza, el edulcorante (si endulzás), los huevos en otro bol (si los preparás revueltos para sumar proteínas) y el rocío vegetal. El sartén sobre la hornalla. ¿Agregás semillas? Dejalas listas en un pote hermético, al lado de la taza. En segundos lo abrís y espolvoreás sobre la tostada untada o lo agregás al batido, al yogur o a los huevos revueltos.
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A veces decimos que nos falta “tiempo” cuando en realidad lo que falla es la organización.

Otras personas afirman que no desayunan porque no tienen hambre. En ese caso conviene comer algo tan pequeño que sea imposible no hacer: ¼ de galletita o de barrita de cereal, 1 sorbo de yogur bebible o ¼ de vaso de jugo natural de naranja o de leche, 1 dadito de queso magro. La idea es comenzar con el hábito para que se vaya instalando de a poco.
Y si complementás ese minihábito con un desayuno “transportable” para consumir en la oficina… ¡mucho mejor!
Por ejemplo: bolsas de cierre hermético con trocitos de frutas cortadas la noche anterior, frutos secos o frutas deshidratadas (orejones de damasco, hojuelas de banana, pasas de uva). Un vaso térmico con la infusión o la bebida fría que prefieras (un batido, yogur bebible), un recipiente con daditos de queso.
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Comenzar el día salteando el desayuno solo logrará que a medida que pasen las horas busques alternativas más engordantes a media mañana y al mediodía.
Esto suele suceder también a los niños que se van de casa con el estómago vacío y luego compran en el quiosco golosinas o snacks.
Si elegís lácteos descremados, frutas o cereales sin azúcar, pan o galletitas integrales, queso blanco descremado y mermelada light reducís el riesgo de aumentar de peso. Y si le sumás proteínas (huevo revuelto o huevo duro) y grasas saludables (unas rodajitas de palta o frutos secos) sentirás saciedad, energía y muy buen humor.
CAMBIO DE HÁBITOS
Si desayunar a diario representa un desafío, tené en cuenta que hacen falta 66 días para incorporar un hábito y mantenerlo durante años. Esto requiere perseverancia y mucha paciencia.
Es decir: si durante ese tiempo repetís una conducta a diario en la misma situación (desayunar en este caso), se convertirá en una reacción automática que no requerirá voluntad, intención ni esfuerzo para ser realizada.
¿Y qué pasa si un día interrumpís el proceso de fijación? No pasa nada si volvés al ponerlo en marcha al día siguiente.
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